La ciudad y sus mascaras

 Las prendas son del mismo estilo que las históricas. El carnaval tiene como fondo el Campanille y la Iglesia de San Marco, en tanto que las fiestas privadas se realizan en los cientos de palacios a lo largo del canal.

Las prendas son del mismo estilo que las históricas. El carnaval tiene como
fondo el Campanille y la Iglesia de San Marco, en tanto que las fiestas
privadas se realizan en los cientos de palacios a lo largo del canal.

Su rostro es reconocido por todos: los canales, la Piazza San Marco, las góndolas… Pero diez días al año (en 2014 será del 22 de febrero al 4 de marzo), la ciudad se coloca un disfraz y muestra otra cara. Durante el Carnaval, evento que se celebró aquí por primera vez al menos en 1094, Venecia es una ciudad diferente. Musicalizada, gracias a las miles de bandas callejeras. Colorida, como consecuencia de los puestos en los que se ofrece maquillar a los visitantes y de la alfombra de papeles picados que inunda el piso. Cálida, porque muchos jóvenes se pasean en las inmediaciones de la terminal de trenes ofreciendo, en carteles multilingües, abrazos gratuitos.

Por las calles, muchas personas llevan atuendos de nobles del siglo XVII, cuya preparación y colocación debe haber demandado, por lo menos, un par de horas. En general, estos nobles carnavalescos caminan en pareja (aunque se ven algunos en solitario y casos de familias completas), saludan a todos los transeúntes como si estuvieran en su carroza real y aceptan posar para la foto de buena gana con cualquiera que se los solicite. El Café Florian, espacio más que tradicional, ubicado en la mismísima plaza San Marco, es “el” lugar para ver los disfraces más completos, producidos y estrafalarios.

Dicen que cerca del cambio del año mil, los aristócratas locales decidieron importar esta famosa fiesta pagana para dar unos días de vía libre y desenfreno al pueblo. Pero también dicen que el desenfreno fue tal que ya en el siglo XIII aparecieron las prohibiciones para impedir que los venecianos circularan disfrazados por la ciudad. La locura continuó dos siglos más: en 1458, se emitió un decreto que impedía a los hombres ingresar en los monasterios vestidos de mujeres. Estos intentos por frenar el avance del Carnaval sólo generaron mayor interés. Apenas comenzado el siglo XVII, se anunció a los pobladores que aquel que llevase su rostro cubierto fuera de las fechas permitidas por el evento podría pasar hasta dos años en la cárcel. Esta fue la época de oro del Carnaval veneciano. Luego, La invasión napoleónica de 1797 acabó, además de con la independencia de esta región, con su más afamada celebración. La resurrección tardó mucho en llegar: recién en 1979 volvió el Carnaval de Venecia, a partir de una iniciativa de los pobladores.

La elaboración de las máscaras, conocidas como maschera nobile, es un verdadero arte. Si bien es posible encontrarlas por muy pocos euros en los cientos de locales callejeros, existen sitios como TragiComica, en la zona de San Polo, o Atelier Marega, en Castelo, donde se exhiben piezas únicas. En ambos lugares las elaboran según la técnica de cartapesta, que data del 1300. En un principio eran solamente blancas (sigue siendo el color predominante), pero hoy es común ver plateadas, doradas, rojas y negras. Otro atuendo que abunda es el característico sombrero negro de tres puntas.

 La Plaza de San Marco se ilumina por las noches. Allí niños, jóvenes, adultos y mayores, incluso las mascotas, disfrutan de una fiesta popular donde los excesos sólo van de la mano de los disfraces y los espectáculos.

La Plaza de San Marco se ilumina por las noches. Allí niños, jóvenes, adultos y mayores, incluso las mascotas, disfrutan de una fiesta popular donde los excesos sólo van de la mano de los disfraces y los espectáculos.

Todos en San Marco

El centro neurálgico del Carnaval es San Marco. Es fundamental contar con un programa, porque la variedad de actividades, fiestas públicas, desfiles de carrozas, recitales en vivo, degustaciones de comidas típicas venecianas y performances de artistas callejeros es prácticamente infinita. De todas maneras, si no se tiene ni la menor idea de qué es lo que va a ocurrir, sólo hay que esperar que el cielo oscurezca un poco y correr hacia la plaza más famosa de la ciudad. Todas las noches sucede algo diferente.

Hay miles y miles de personas

Un ejercicio es caminar en dirección al Puente de los Suspiros, que une el Palacio Ducal con la antigua prisión, y subir las escalinatas que hay allí cerquita. Desde arriba, es posible tomar conciencia de la cantidad de gente que circula. Es tan intenso el tránsito humano, que en las mercerías, esas callecitas atiborradas de negocios que unen San Marco con el puente del Rialto y que en estas fechas están adornadas con guirnaldas y lucecitas de colores, hace que los policías locales establezcan manos de circulación, como si se tratara de vías para automóviles: por algunas arterias sólo se puede ir en una dirección y, para volver, hay que dar un largo rodeo. Ya en el Rialto, el mercado de frutas, verduras, carnes y pescados, el ritmo alcanza su cenit de frenesí.

En cualquier sitio de la ciudad los transeúntes se mezclan con personalidades del pasado que salen sólo a pasearse por toda la ciudad con total naturalidad.

En cualquier sitio de la ciudad los transeúntes se mezclan con personalidades del pasado que salen sólo a pasearse por toda la ciudad con total naturalidad.

Esta superpoblación dificulta, en parte, disfrutar de las atracciones de la ciudad. Es casi imposible circular por el Palacio Ducal, que cuenta en su recorrido la historia de la República en su época dorada, entre los siglos XII y XVIII. El cruce por el mencionado puente y el recorrido por las minúsculas celdas inquisitorias, que suele ser fructífero y placentero en abril o noviembre, es una experiencia claustrofóbica en febrero. En este sentido, es más recomendable el Museo Correr, que muestra la vida cotidiana de los venecianos a lo largo de la historia. Por alguna razón, recibe un caudal de público muy por debajo del de su par y el visitante puede disfrutar del paseo a sus anchas.

El Carnaval lleva su espíritu a todos los rincones de Venecia. Sin embargo, hay algunos puntos ideales cuando el viajero necesite un respiro de las multitudes. Una opción es visitar las islas cercanas, como Burano, conocida por sus productos de encaje, o Murano, que destaca por las fábricas de vidrio. Habrá máscaras, sombreros de tres puntas y disfraces completos, pero también un nivel de bullicio menor. Esto ocurre también en la recientemente restaurada Torcello, cuna de la civilización veneciana, que alberga iglesias con casi mil años de antigüedad y “El trono de Atila”, una especie de asiento de piedra sobre el que pesa una leyenda: si un soltero se posa sobre él, se casa en el transcurso del año siguiente.

El Carnaval cierra con una fiesta nocturna y multitudinaria en San Marco. Minutos después del último acorde, una cuadrilla infinita de personas limpia todo y borra las huellas. A la mañana siguiente, Venecia despierta tal como es el resto del año. Sin su disfraz.

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Categorías: vip

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