Salvador Dali en Madrid: El surrealismo es el

35Durante cuatro meses, del 27 de abril al 2 de septiembre de 2013, el Museo Reina Sofía recibió una media de 6.500 visitas al día. Los bares y restaurantes del barrio paralizaron despidos que tenían previstos por la crisis económica e incluso contrataron a más personal. Las colas para entrar dibujaban espirales surrealistas en la calzada que duraban hasta seis horas. El museo tuvo que ampliar sus horarios e hizo trasnochar a sus empleados. El público madrugaba para acercarse a la taquilla a la caza de una entrada.

¿Qué tenía “Dalí. Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas”, la exposición que retrató al artista de Cadaqués como gran estrella del arte mundial?

Empecemos por la época del año: hasta las fechas se aliaron con Dalí, sobre todo los meses de julio y agosto. En Madrid hace tanto calor en verano que por la calle, no solo en el interior del museo Reina Sofía, se ven relojes derretidos. La exposición de Dalí convirtió a la tercera planta del museo madrileño en un refugio contra la canícula, casi una excusa para sobrellevar el bochorno.

34Una vez dentro, en el edificio Nouvel, la exposición daliniana parecía el concierto de una estrella pop, sus salas congregaban a miles de personas cada día, a turistas y nativos, a parejas de jóvenes enamorados y jubilados, a grupos y solitarios, a grandes expertos y a meros aficionados que leían antes el título del lienzo para saber si les sonaba y debían extasiarse con la obra. Pese al bullicio, se estaba a gusto.

Y ahí estaban los auténticos relojes derretidos. La persistencia de la memoria, donde aparecen los relojes blandos, es uno de los cuadros más famosos de Dalí. De hecho, el periodo surrealista constituía el núcleo duro de la exposición. Dalí revolucionó este movimiento vanguardista con su método paranoico-crítico: frente al automatismo pasivo del surrealismo (el dibujo automático, los cadáveres exquisitos…), el pintor desarrolló un método activo basado en el delirio de la interpretación paranoica. Y qué delirio.

Habla Dalí: “En verdad no soy más que un autómata que registra, sin juzgarlo, y lo más exactamente posible, el dictado de mi subconsciente: mis sueños, las imágenes y visiones hipnagógicas y todas las manifestaciones concretas e irracionales del mundo oscuro y sensacional descubierto por Freud… El público debe sacar su placer de los recursos ilimitados de misterios, enigmas y angustias que tales imágenes ofrecen al subconsciente de los espectadores”.
31El lienzo La persistencia de la memoria ocupa habitualmente las salas del MoMa neoyorquino y su préstamo al Reina Sofía habla de la envergadura de la exhibición. También llegaron a Madrid, Construcción blanda con judías hervidas (Premonición de la guerra civil), del Philadelphia Museum of Art; Metamorfosis de Narciso, de la Tate Modern, y La tentación de San Antonio, de los Musées Royaux des Beaux-Arts de Bélgica. El periodo surrealista de Dalí se enriquecía con la exhibición de obras maestras como Guillermo Tell y El espectro del sex-appeal.

Dalí y su visión del mundo

La muestra —que también fue exhibida previamente en el Centre Pompidou de París con similar éxito de público— se proponía revalorizar al Dalí pintor, pensador, escritor y creador de una particular visión del mundo. Se componía de once secciones que contenían, además de pinturas y dibujos, material documental, fotografías, manuscritos del propio Dalí, revistas, películas y filmaciones de enorme importancia para entender el complejo universo del artista.

El genio Salvador Dalí se consideraba excéntrico y concéntrico. En las filmaciones expuestas donde habla de su obra, se refiere siempre a sí mismo en tercera persona: para Dalí, él era nada menos que Dalí. Nunca dejó de construir su personaje, de crear su mito. Como explicó la comisaria Montse Aguer, “sus acciones en la esfera pública, ya sean calculadas o improvisadas, le sitúan como uno de los precursores del showmanship y como figura de referencia en el ámbito de la representación”.

32Un provocador egocéntrico de enorme talento mediático que no dudaba en hablar de sí mismo en primera persona cuando la ocasión —el eslogan— así lo aconsejaba: “El arte somos Picasso y yo”. O: “El surrealismo soy yo”, la encendida respuesta que bramó cuando André Bretón le expulsó del grupo de los surrealistas acusándole de una afición desaforada por el dinero.

El público del Reina Sofía pudo contemplar hasta un total de treinta obras que nunca antes se habían visto en España. Entre ellas, Alucinación: seis imágenes de Lenin sobre un piano (Centre Pompidou, París); El Angelus de Gala (The Museum of Modern Art, Nueva York); Bañistas (The Salvador Dalí Museum, St. Petersburg, Florida); Niño geopolítico contemplando el nacimiento del hombre nuevo (The Salvador Dalí Museum, St. Petersburg, Florida) y Symbole agnostique (Símbolo agnóstico) (Philadelphia Museum of Art, Filadelfia).

Una compilación inédita y un motivo más para admirar a un icono de la cultura de masas que todavía hoy logra que sus exposiciones tengan la repercusión de un concierto de estrella pop y que los cronistas que las reseñan, influidos por su universo artístico, vean relojes blandos por la calle.

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