De aventura extrema por El Morro

3Un estrepitoso sonido irrumpe en la silente y calmada comunidad de El Morro. Es el arranque de los motores 4×4 que se hacen presentes en esta pequeña parroquia rural de Guayaquil. El ronroneo de los buggies y cuadrones llega a ponerle el toque extremo al sitio como parte de las actividades que se pueden realizar en la Ruta del Pescador, impulsada por la Prefectura del Guayas, para promover sus atractivos turísticos.

Tras aproximadamente una hora de viaje en carro desde Guayaquil, y ocho minutos del balneario de Villamil Playas, se accede a este circuito lleno de adrenalina, el cual deja más que por sentado que allí no solo se le apuesta a la tradicional fórmula de arena, sol y mar. El turismo de aventura también tiene su espacio.

La propuesta la encabeza Alejandro Pincay, un entusiasta veinteañero, que anhela convertir a El Morro en un destino extremo. “Todo surge después de un viaje que hice con mi esposa a Punta Cana (República Dominicana), donde se podían hacer actividades como andar en cuadrón, escalar, bucear… Entonces, vimos que también lo podíamos implementar aquí que contamos con los recursos naturales y todas las facilidades para operar”, comparte Pincay, propietario de ‘Los Puertos’, única operadora de turismo especializa en actividades de aventura de la zona.

Inicialmente el circuito que elijo es el de 90 minutos –el más corto– sin darme cuenta del error que había cometido. A medida que pasaba el tiempo, la diversión aumentaba, y con ello las ganas de seguir maniobrando los motorizados por los irregulares senderos morrenses. El paseo tenía que extenderse a la opción más larga: la de 3 horas. Los ánimos lo pedían y era más que meritorio hacerlo para aprovechar al máximo la visita a esta zona costera guayasense, donde los recorridos giran en torno a un muerto.
Sí, como lo lee, un muerto, pero no se asuste. Se trata de una elevación rocosa natural, que al ojo humano –visto desde un punto distante–, mimetiza el perfil de una persona acostada con las manos al pecho, razón por la cual fue bautizado como El Muerto.

2Tras recibir las respectivas recomendaciones para el manejo óptimo y seguro de los cuadrones y buggies, empezamos la aventura a pocas cuadras de la iglesia San Jacinto de El Morro, una de las más antiguas de la costa ecuatoriana, que data del siglo XVII. Por una de las calles internas de la población –en su mayoría desprovistas del negruzco asfalto y el grisáceo concreto–, fuimos en dirección al cerro. La aventura la empiezo subido en uno de los buggies, sencillos de manejar, inclusive para principiantes, gracias a su sistema automático. Desde el primer arranque las nubes marrones empiezan a levantarse y rápidamente a expandirse con los vientos veraniegos. El panorama se transforma en época de invierno, entre diciembre y mayo, con la llegada de las lluvias. En ese tiempo, el polvo y el agua amasan la tierra, formando un verdadero lodazal en el ambiente. El paso de los motorizados chispea el fango por doquier, provocando un cuadro único de suciedad. Son aspectos que vuelven más excitante y extremo el viaje, que adicionalmente contará con patinazos de llantas, resbalones y hasta estancamientos de carros.

El escenario nos envuelve con su peculiar encanto. Matorrales y árboles mayoritariamente deshojados, con escasas flores y vainas secas colgantes en verano, con especies como el bototillo, guayacán, chirigua, muyuyo, entre otras decenas que superan las treinta, montan la obra natural. Se trata de un entorno semiárido, típico de un bosque seco tropical, en el cual se refugian aves endémicas como el negro fino o matorralero, la tortolita ecuatoriana y el periquito del Pacífico, de acuerdo a estudios del Departamento de Medio Ambiente de la Prefectura.

Subiendo El Muerto

4Después de 20 minutos de pura adrenalina, hacemos la primera parada en las faldas del cerro, por la nuca de El Muerto, para subir a pie a la gruta de la Virgen de la Roca. El acceso es sencillo, se asciende por las más de 100 escalinatas de cemento resguardadas con 15 columnas que narran con sus placas de mármol el viacrucis de Jesús, revelando el fervor católico que siempre ha existido en la parroquia. A medida que subimos, el viento nos envuelve más y más con su refrescante soplido, sobre todo cuando estamos de frente a la Virgen.
De espaldas a la imagen, de frente al pasamanos, se observa la primera panorámica –aunque parcial– de las 55 hectáreas del territorio protegido. Ya inmersos en este sendero natural de roca viva, aplicamos nuestros dotes de equilibristas para no caer al precipicio. Es que, para subir con mayor seguridad, se recomienda ir con el equipo de escalar, sostenidos con las sogas en los puntos de anclaje, los cuales ya están señalados, para su próxima colocación. Por lo pronto hay que adaptarse a la situación e ir con cuidado, jamás solo, sino siempre con un guía que conozca el sendero exacto por el que hay que caminar.
Después de 10 o 15 minutos de escalada regular, con un grado de dificultad medio-bajo, coronamos la cumbre donde se levanta una cruz de cemento de más de dos metros de alto. Como festejo personal, abro los brazos, cierro los ojos e imagino que vuelo por los aires, suspendido con el fuerte viento veraniego. Algo que próximamente no habrá que imaginar, sino que será una realidad con la adecuación de dos cuerdas de canopy, que pretenden conectar la cabeza con los brazos del muerto.

Al ritmo del pedaleo

1Era tiempo de volver a las tierras bajas, pero esta vez con la bicicleta. Para mantener un buen ritmo, pedaleo con suavidad en los tramos rectos, con un poco más de esfuerzo en las subidas y dejo de pedalear en las bajadas, sostenido del freno derecho si son muy empinadas. Las palpitaciones se incrementan y la respiración se torna más fuerte, ante la agitación del momento. Unos pasos más y llegamos a los pies de El Muerto, donde nuevamente se asciende hacia la cumbre. Tras subir 51 escalones estratégicamente adecuados en uno de sus costados coronamos el cerro. Abro los brazos y permito que el viento refresque mi cuerpo, mientras el  sol recarga mis energías. Ya de regreso, después de conducir el buggie, caminar, escalar y andar en bicicleta, solo faltaba manejar el cuadrón. Su sistema es mecánico, con embrague y cambios, como en un automóvil, pero con los dispositivos ubicados en otros sitios. El freno no está en el timón (como en una bicicleta), sino en el pedal (como en un carro); se acelera y se embraga con unos botones y no con pedales.
Toda una aventura extrema de más de 3 horas, llena de emociones y diversión, digna de repetir en El Morro, en una parroquia que tiene mucho más por ofrecer. “Próximamente inauguraremos juegos permanentes de paintball, paseos en globo aerostático y otras cosas más”, promete Pincay.

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Categorías: vip

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